La tecnología está entrando con fuerza en el mercado halal con una promesa difícil de ignorar: más información, más trazabilidad, mayor eficiencia y menores costes. Muchos de los términos utilizados: blockchain, inteligencia artificial, sensores, plataformas digitales, smart contracts, certificados electrónicos permiten hoy hacer cosas que hace apenas unos años parecían difíciles de imaginar. Una empresa puede gestionar digitalmente buena parte de la documentación asociada a su certificación, seguir determinados elementos de su cadena de suministro y ofrecer al consumidor información mucho más detallada sobre el origen y recorrido de un producto. Para un sector que opera sobre cadenas de suministro cada vez más complejas y mercados cada vez más internacionales, la digitalización no es una tendencia pasajera. Es una transformación inevitable.

Y puede ser una transformación profundamente positiva. La tecnología tiene capacidad para reducir muchas de las fricciones que todavía existen en los procesos de certificación: documentación, comunicación, gestión de proveedores, trazabilidad o seguimiento de auditorías. Sin duda puede facilitar el acceso de las pequeñas y medianas empresas al mercado halal y favorecer la aparición de nuevos actores y modelos de negocio. Una mayor competencia puede, a su vez, impulsar a las entidades existentes a mejorar sus procesos, reducir costes y ofrecer mejores servicios. Desde esta perspectiva, la digitalización puede tener un auténtico efecto democratizador: no solo porque permite al consumidor acceder a más información, sino porque puede reducir las barreras económicas y operativas que durante años han limitado el acceso a determinados mercados.

Pero hay una frontera que conviene no perder de vista. Digitalizar la certificación no significa necesariamente digitalizar aquello que hace que una certificación sea creíble. Todos los que venimos trabajando desde hace años en este mercado somos conscientes de que una parte importante del proceso puede y debe convertirse en datos: documentos, registros, movimientos de mercancías, información de proveedores, resultados de controles o evidencias de trazabilidad. También pueden automatizarse tareas y utilizar inteligencia artificial para analizar grandes volúmenes de información o detectar anomalías. Pero certificar implica algo más que reunir datos. Supone evaluar evidencias, interpretar requisitos, comprobar procesos y, cuando corresponde, realizar inspecciones y tomar decisiones sobre situaciones que no siempre pueden reducirse a una regla previamente programada. El dato puede ser digital, un código QR puede facilitar el acceso a un certificado; una blockchain puede aportar garantías sobre la integridad de determinados registros; un sistema digital puede hacer mucho más eficiente una auditoría, pero al final la responsabilidad que existe detrás de su interpretación es humana pues ninguna de estas herramientas adquiere por sí misma la capacidad de certificar. La tecnología puede aportar evidencia; no aporta automáticamente autoridad.

Y aquí aparece una de las paradojas de la disrupción. La tecnología puede democratizar el acceso a la certificación, pero también puede democratizar la percepción de que cualquiera puede certificar. Una empresa, una comunidad o un nuevo actor del mercado pueden disponer hoy de herramientas para verificar información, analizar ingredientes, controlar proveedores o construir sistemas de trazabilidad que antes estaban fuera de su alcance. Es una oportunidad para innovar. Pero disponer de una herramienta para gestionar o verificar información halal no equivale necesariamente a disponer de la competencia, la independencia y la responsabilidad necesarias para emitir una certificación. El riesgo, por tanto, no es únicamente tecnológico, es también conceptual ya que podemos acabar confundiendo trazabilidad con certificación, información con garantía y tecnología con autoridad.

Por eso conviene hablar de una posible “burbuja”, aunque no necesariamente en términos financieros. Puede existir una burbuja de expectativas alrededor de determinadas tecnologías. Blockchain, inteligencia artificial o los smarts contracts pueden resolver problemas concretos y aportar un enorme valor, pero su mera incorporación no convierte automáticamente un sistema en más fiable. Una blockchain puede proteger un registro sin garantizar que el dato introducido sea correcto. Un sensor puede medir una condición sin interpretar qué significa dentro de un proceso halal. Un algoritmo puede detectar una anomalía sin sustituir necesariamente el conocimiento necesario para comprenderla. Y un certificado digital puede ser más fácil de verificar sin que eso diga nada, por sí mismo, sobre la calidad del proceso que condujo a su emisión.

Por el contrario sería igualmente equivocado utilizar estas limitaciones como defensa del status quo. El componente humano de la certificación no debería convertirse en una excusa para mantener procesos innecesariamente lentos, costosos o poco transparentes. Precisamente porque existe conocimiento especializado detrás de la certificación, la tecnología debería utilizarse para liberar a los profesionales de tareas administrativas y permitirles concentrarse en aquello donde realmente aportan valor: evaluar, inspeccionar, interpretar y decidir. El futuro no tiene por qué ser una elección entre personas y tecnología sino al contrario debe ser una certificación de mayor alcance gracias a la combinación de humanidad y tecnología.

El consumidor será uno de los principales beneficiarios de esta transformación, pues la digitalización puede ofrecerle mucha más información sobre lo que compra y hacer que la certificación sea más transparente y accesible al consumidor final. Sin embargo, es también uno de sus grandes desafíos, más información no significa automáticamente más confianza. Un código QR puede abrir la puerta a decenas de datos sobre proveedores, ingredientes, procesos logísticos o controles realizados, pero el consumidor seguirá necesitando saber qué significan esos datos, quién los ha validado y qué garantías representan. La verdadera transparencia no consiste en mostrar más información, sino en hacer comprensible qué detrás de ella hay un proceso, unos criterios, unos conocimientos y una responsabilidad.

En mi opinión, la verdadera oportunidad está en otro lugar. La tecnología puede hacer que la certificación sea más accesible para las empresas, más eficiente para los organismos certificadores, más transparente para las cadenas de suministro y más segura para los consumidores. Puede reducir costes, mejorar la competencia y permitir una gestión de la información infinitamente más sofisticada. Pero para que todo ello genere confianza, hay que mantener una distinción esencial: la tecnología puede hacer mejor el proceso de certificación sin convertirse ella misma en la certificación.

El reto será democratizar el acceso sin democratizar irresponsablemente la autoridad; reducir costes sin reducir garantías; favorecer nuevos actores sin convertir la certificación en una simple mercancía; y digitalizar los procesos sin hacer que halal termine significando cada vez menos. La pregunta, entonces, no es si la tecnología va a transformar la certificación halal. Ya lo está haciendo. La cuestión es qué vamos a hacer con esa transformación.

Desde mi experiencia estoy firmemente convencido que el futuro de la certificación halal no está en sustituir al factor humano por tecnología, sino en conseguir algo bastante más interesante: que la tecnología haga que el conocimiento humano sea más accesible, la evidencia más verificable y la confianza más sólida.

Ahí estaría la verdadera disrupción.

Autor: Hanif Escudero Uribe


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